Una sonrisa, por favor...
por A.M.

Una de las pautas que conducen directamente al bienestar es, la sonrisa.
De la misma manera que hay cosas que nos ponen de mal humor fácilmente, también las hay que nos hacen sentir bien fácilmente. Una de ellas es la sonrisa.
La sonrisa es una forma de comunicación, una expresión de nuestro estado de ánimo frente a los acontecimientos de la vida y frente a los demás. No confundir con la risa.
La sonrisa está repleta de significados positivos: estoy contento de conocerte. Me inspiras respeto y admiración. Me encantaría comunicarme contigo. No te deseo ningún mal. Me gusta como eres. Vamos a pasar un buen rato. Etc., etc.
Podemos considerar la sonrisa como un acto inteligente y culto. La sonrisa es como el arte, necesita aprendizaje. Podemos ilustrarnos en el arte de la sonrisa. Podemos buscarla, ir a su encuentro. Convertirnos en cazadores de sonrisas.
La sonrisa es uno de nuestros primeros modos de comunicación, y la utilizamos en nuestros primeros meses de nuestra vida. Ya de niños somos unos expertos en el arte de la sonrisa.
La sonrisa es accesible a todos de manera gratuita e ilimitada.
Para convencerse de la eficacia de la sonrisa basta con cerrar los ojos y recordar la más bella sonrisa que hayamos visto alguna vez. Este ejercicio simple, repetible e incluso mejorable, nos inunda inmediatamente de un sentimiento de bienestar. Inmediatamente nuestra cara esboza una sonrisa.
Por supuesto lo que nos hace sentir bien de esa sonrisa, es la sonrisa que estaba en nuestro cerebro, nuestra propia capacidad para sentirnos bien. Las sonrisas que recibimos un día y que llevamos en nosotros. Nuestro tesoro personal.
La sonrisa es un arma de seducción y de desarme. Cuando intentamos seducir a alguien esbozamos un montón de sonrisas, son un intento de comunicación positiva.
Sonreír a alguien es desarmarlo. Si alguna vez te encuentras en una situación de enfado, sonríe y haz sonreír, verás hasta que punto el enfado se disuelve instantáneamente.
Sonreír a los demás es ofrecerse un regalo a sí mismo y al otro. El que sonríe es el primer beneficiado de esa sonrisa, y además induce un estado de ánimo positivo en el otro.
La sonrisa es accesible a todos de manera gratuita e ilimitada.
Ofrécete un regalo a ti mismo: sonríe por favor.
Emociones brutales
por A.M.

Hay ocasiones en las que uno pierde el control. La cólera, la rabia, la tristeza o el miedo se apoderan de nosotros sin que podamos hacer gran cosa para evitarlo.
Juan acaba de dar una cuchillada a Pedro. Cuando le preguntamos los motivos, no es capaz de explicarlos, me ha mirado, dice, sin ser capaz de comprender. Profundizando nos dice que le miró con desprecio. Me sentí mal y no pude soportarlo, añade. Se me nubló la vista, iba como ciego.
Hay emociones que se disparan de manera brutal. La razón no puede hacer gran cosa. El control de las emociones, cuando es posible, es secundario. Cuando nuestro cerebro recibe un estimulo, nuestro cerebro emocional es el primero en reaccionar. Si la reacción es muy intensa puede incluso anular toda posibilidad de análisis y, por supuesto, de control. Podemos decir que las emociones intensas inhiben la razón.
Por las mismas razones, el miedo puede hacernos reaccionar rápidamente, es el sobresalto que nos incita a correr.
También podemos reaccionar con rabia o con tristeza, lo que esconde un sentimiento de impotencia que puede desembocar en una crisis de lágrimas.
Esas reacciones emocionales brutales probablemente han salvado la vida a nuestros antepasados, pero en nuestras sociedades modernas son poco aconsejables e inapropiadas, salvo raras excepciones.
La única posibilidad para apaciguar este tipo de emociones sería la toma de control de la situación por parte de nuestro neocortex, pero esa toma de control debe ser muy rápida, antes de que la razón se “nuble”. Otra posibilidad es la de descargar esa energía en otra actividad, por ejemplo andar o correr, pero esto requiere un toma de conciencia.
No hay que olvidar que, aunque el estimulo que dispara nuestras emociones sea externo, la respuesta es muy nuestra, soy yo quien siente la cólera, la tristeza o el miedo, es mi miedo o mi tristeza o mi ira la que se pone de manifiesto. En ese sentido las emociones nos enseñan cómo somos, nos ayudan a conocernos mejor.
Es posible aunque no fácil cambiar nuestras respuestas emocionales, la importancia que damos a las cosas. Nuestros puntos de vista son modificables, se pueden mejorar, o hacer más apropiados.
La ética del martirio
por A.M.

Las influencias de la educación se graban en la mente de tal forma que resulta difícil cambiar el pensamiento. Los padres, los educadores y las religiones han ido esculpiendo, a base de repeticiones, una moral basada en unos principios que, como mínimo, deberíamos cuestionar.
Uno de estos principios es el que proclama que disfrutar de la felicidad es un acto egoísta. En consecuencia, el uso de la felicidad conlleva privar de la felicidad a otras personas. Es como si la felicidad del mundo estuviera contabilizada y como si toda risa fuera a costa de provocar un llanto inmediato. O como si una dicha momentánea presagiara una desgracia inminente.
Otros principios de los que se nutre la ética del martirio son que la felicidad equivale a ser un presuntuoso y que ser feliz es una absoluta desconsideración hacia los que sufren. Esta forma de ver las cosas impide, por supuesto, ser feliz. Si crees que podrías ser feliz en algún momento, el remordimiento previo te impedirá serlo, las barreras mentales dejarán fuera todo tipo de sensaciones agradables y, por tanto, inmerecidas. La culpabilidad está instalada en ti.
No obstante, la realidad es otra: los infelices y deprimidos son los que están más centrados en sí mismos, sin importarles otra cosa que ellos mismos. Porque, al fin y al cabo, “bastante tienen con lo suyo”; son ellos los que precisan ayuda. No pueden ayudar a nadie y no tienen nada que compartir, salvo sus males, culpas y resentimientos.
Sin embargo, las personas que se sienten felices son abiertas, sociables, generosas y cariñosas. ¿Cómo se puede dar amor si no se tiene?
Si me castigan, sufro, pero me quedo tranquilo porque es lo que merezco; si no me castigan, sufro porque no me dan lo que me merezco, y si me he sorprendido sintiéndome feliz, pronto dejo de hacerlo porque es añadir sufrimiento a los demás y necesitaría un par de azotes para compensarlo.
Los practicantes de la moral del martirio mantienen que, ya que ellos sufren, se sacrifican, se culpabilizan, y se impiden todo acceso a la felicidad, exigen a los demás tanto a más sufrimiento, tanta o más culpa, y tanta o más abstinencia de felicidad. Vemos pues, que esta actitud significa amargar la vida al prójimo, cosa totalmente ilógica, fuera de lugar, y la evidencia de que el martirio, ni por asomo, genera felicidad a los demás, sino más bien al contrario.
Por tanto, te rogaría que, si detectas que te sientes culpable cuando eres feliz, pensaras que sólo si tu estás bien puedes ayudar a los demás a estarlo. La felicidad, como el sufrimiento, se suelen compartir. Visto de este modo, te ves obligado a ser feliz, a disfrutar del momento, a dejar el pasado en su sitio, y a dar los primeros pasos para hacer tambalear esos principios que sustentan la teoría de que para ser feliz, hay que sufrir y hacer sufrir. No tan solo son falsos sino que, si los sigues, obtendrás justamente lo contrario de lo que mantienen.
Emociones parásitas
por J.B.

Cuando uno comienza a sentir miedo por cualquier cosa, o tristeza, o rabia, u odio, o cualquier otra emoción, de manera que se nos considera triste, o colérico, o violento, etc., cuando se dice de nosotros que es nuestro carácter, nos encontramos frente a una emoción parásita.
Las emociones parásitas solemos adquirirlas en nuestra niñez. Han sido una solución que nos ha permitido llamar la atención, atraer a los demás, conseguir lo que nos proponíamos; dicho de otra manera: manipular. El niño que se pone triste para atraer el cuidado de su madre, al comprobar que funciona, puede, muy a pesar suyo, convertirse en un triste definitivo. Para otros será su rabieta, su pataleo, la única manera de conseguir lo que quiere. No es de extrañar que, una vez adultos y sin darse cuenta, utilicen la misma estratagema. Al final nos convertimos en unos manipuladores.
Las emociones parásitas tienen el inconveniente de ser, en la mayoría de las ocasiones, inapropiadas. En efecto, no corresponden a una situación real; nos desorientan. Y perturban el buen funcionamiento emocional. Al final acabamos por no saber cuales son nuestros verdaderos sentimientos.
Los manipuladores emocionales no soportan constatar que su tentativa de manipulación no funciona. Si nos dirigimos a alguien con cara de tristeza e intentando manipular y el otro se nos pone a reír en nuestras narices, nos puede parecer insoportable.
Existen dos vertientes posibles para las emociones parásitas. Una es la de ir dando pena: ya ves lo desgraciado que soy, lo triste que estoy, lo que soporto, hasta me río después de ser maltratado. Y la otra es un intento de dominación: yo tengo derecho, a mí no se me pueden hacer cosas así, eres insoportable, cómo te atreves, etc. Son, por decirlo de alguna manera, nuestra estrategia para andar por la vida.
Tras las emociones, o sentimientos parásitos, se divisan las falsas creencias y las generalizaciones: todos son iguales, no se puede confiar en nadie, hay que hacerse respetar, la vida es triste, el mundo es hostil, las personas son ingratas, hay que imponerse, etc. Como es fácil constatar, ese tipo de creencias no obedecen a la situaciones concretas que se nos presentan y sólo vienen a perturbarlas.
Convendría saber cuales son nuestras emociones parásitas. Pero, sobretodo, nuestras necesidades. Porque detrás de cada emoción parásita se esconde una necesidad: de afecto, de reconocimiento, de protección, de respeto, de confianza, etc., que queda “velada” por las emociones parásitas.
El Samurai
por A.M.

Érase una vez un gran Samurai que vivía cerca de Tokio. Aunque viejo, se dedicaba a enseñar el arte Zen a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que aún era capaz de derrotar cualquier adversario.
Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos apareció por allí. Quería derrotar al Samurai y aumentar su fama. El viejo aceptó el desafío y el joven comenzó a insultarlo. Pateó algunas piedras hacia él, escupió en su rostro, gritó insultos, ofendió a sus ancestros…etc…
Durante horas hizo todo para provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final del día, sintiéndose ya exhausto y humillado, el guerrero se retiró. Y los alumnos, sorprendidos, preguntaron al maestro como pudo él soportar tanta indignación.
- Si alguien llega hasta ustedes con un presente, y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el presente?
- A quien intentó entregarlo, respondió uno de los discípulos.
- Lo mismo vale para la injuria, la rabia, la calumnia y los insultos. Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los traía consigo.
29/08/10 17:52:15,